14/4/10

La primera camada

Estaban muertos.
Los cuatro gatitos.
Rígidos, fríos
en mi jardín.
Sus colores mezclados
por la lluvia triste.
Debieron ahogarse
bajo el cuerpo de su madre,
que los protegía de la tormenta.

La gata... no los miraba.
Me miraba a mí
suplicándome la llave
de la vida.
Luego se daba la vuelta.
Dolor y miedo.

Cuando me llevé los cuerpos,
estaban unidos,
enlazados en uno,
como si aún estuvieran
en el vientre flotando.

Entonces quiso buscarlos
y lamió el vacío de su ausencia,
y revisó una y otra vez
cada rincón de vida pasada.

Esa noche la encontramos en la calle,
fría, rígida y mojada,
hecha un ovillo,
como si aún no hubiera
alumbrado a sus cachorros.

Así somos nosotros a veces.
No miramos el dolor de frente
y morimos con él.
Asfixiamos al que amamos
y luego no queremos ver
lo que hemos hecho de él:
carne muerta inanimada
con los colores mezclados
por la lluvia que nunca cesa.
Y cuando ya no está,
lamemos su ausencia.

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